Ante un mundo cambiante, ganó Biden, Trump también

Se acerca el final del muy largo y complejo proceso electoral norteamericano. Aunque algunos quisieran ya acabado y se adelantan a reconocer el triunfo del candidato Joe Biden, el perdedor sigue sin aceptar su derrota, lo que nos lleva a tener que esperar un tiempo que podría alcanzar el final de este año o principios del próximo. En esta espera resalta el hecho de un curioso consenso: un buen número de analistas han terminado por afirmar que se va Trump pero el trumpismo permanece. En realidad, en esto se resume el proceso electoral norteamericano 2020. Todos los esfuerzos mundiales para quitar a un personaje no sólo del panorama norteamericano, fracasaron, básicamente porque no se entendió qué fue lo que lo llevó a ese proyecto a la presidencia de EUA.

La era de Trump no ha terminado como muchos quisieran y se apresuran a festejar y esto es más cierto aún cuando se analiza que la estrategia que se utilizó para impedir la reelección, fue más que nada de desprestigio en base a adjetivos calificativos sin una propuesta contrastante real y el cómo piensan sobrellevar el post-trumpismo. La estrategia mediática mundial se centró difundir profusamente el resultado de las encuestas que nos decían que el apoyo popular a Joe Biden era mayoritario, por lo que se le daba un amplio margen de ganancia. Cosa que no sucedió, pues al final se encontraron una votación que hacía una diferencia mínima, pensaron que el fenómeno Trump era pasajero y, por tanto, fácilmente superado con mensajes mediáticos. Se equivocaron

La realidad es que nos encontramos con un nuevo sujeto político norteamericano al igual que como está apareciendo en varias partes del mundo —México sin ir más lejos— que es plural y termina dividido en dos bandos o más claramente definidos. Mafesolli ha insistido en afirmar que estamos frente a una organización de la sociedad en tribus. Lo que antes era marginal se ha vuelto central. Había un cuerpo social absolutamente homogéneo ‑—la República, única e indivisible—, hoy nos encontramos con una especie de fragmentación, con una constelación de grupos. Lo político está adquiriendo una nueva imagen y es necesario hallar otras formas de hacer política. Así que, aunque no lo reconozcan lo que diseñaron esta estrategia mediática anti-trump, fue ella misma la que contribuyó a la inesperada gran votación en contra e incluso se podría decir que la elección no debió haber sido tan cerrada si no es porque insistieron mucho en que el mal se llamaba Donald.

Ante esa victoria pírrica, el cambio anunciado y esperado se complica más aún si observamos cómo quieren atacar la Covid-19, que, por donde quera que se le vea, restringe la movilidad económica; ya no se trata sólo de tener menos muertes y hacer más pruebas, de usar mascarilla o no, o de crear un comité de científicos y darles a ellos la conducción del ataque a la enfermedad. Esa etapa ya está claramente superada, fue necesaria por ahí de marzo o abril de 2020, ahora estamos en el momento de la vacuna y de cómo solucionar una economía mundial en recesión que ya cumple varios años, que se aceleró con la Covid-19 y que exige respuestas y desafíos muy diferentes a los anteriores a 2015 cuando Trump tomó el poder, cuando, supuestamente, destruyó la economía americana como se cansaron de repetir. Podrán hablar ahora de una agenda verde, de impulsar energías alternativas, pero el problema básico es la economía en recesión que es anterior a la Covid-19 y a Trump.

Los mas serios analistas hablan de la propuesta de Biden es poco alentadora. Nos dicen que para la economía norteamericana será difícil una recuperación en V o incluso en de U y aseguran que sí hubiera una recuperación ésta sería de forma de raíz cuadrada. Pero lo más criticable es que la propuesta de Biden para una inversión pública, abarca un período diez años. En concreto, proponen concentrarse en infraestructura, incluyendo desde luego I+D, energía, educación, salud y seguridad social y utilizar un total de 6.8 billones de dólares. Esos mismos analistas, aseguran que cuando mucho esa cifra alcanzará el 50% de lo prometido y que la inversión del sector capitalista fundamental para cualquier economía, será menor a la necesaria, obligada porque la rentabilidad empresarial estadunidense, al igual que en todo el mundo capitalista, está en mínimos; alertan de que no debemos dejarnos engañar por las grandes cifras de ganancia que manejan las empresas tecnológicas y de la contratación de deuda tal como lo recomienda el FMI para apoyar la demanda.

Todo esto nos lleva al problema de fondo que muy pocos se han atrevido a tocar. La división social existente es una realidad mundial, no únicamente norteamericana. Las elecciones estadunidenses del 2020 confirmaron, más allá de la crisis electoral producto de su propio y anquilosado sistema, que la verdadera crisis de ese país y el resto del mundo es la crisis estructural del capital y la pérdida de la hegemonía mundial de ese país. Recordemos que, en el último informe de Obama sobre el estado de la nación, fue particularmente enfático en la necesidad de recuperar la hegemonía de ese país del norte de América. Claro está que cuando fue presidente para lograr ese objetivo utilizó la fuerza de las armas y del ejército. Biden afirma que, como país, se debe probar ante el mundo que estamos preparados para ser líderes mundiales nuevamente, a lo que agrega, que eso lo harán con el poder del ejemplo no con el ejemplo de nuestro poder. Buena retórica, pero como vicepresidente aceptó usar la fuerza antes que la razón y, por tanto, es de esperarse que se desarrolle una politica imperialista tradicional, como considerar a América Latina como su patio trasero.

El trumpismo republicano también partió del hacer a EUA grande otra vez, de recuperar la hegemonía perdida, pero desde una visión diferente. Lo que vio fue que el neoliberalismo globalizador estaba agudizando la disparidad social en su país y que había que voltear hacia en interior para recupera la hegemonía con una política proteccionista. El mercado abierto, la globalización, vistos desde esa estrategia, ofrecía más beneficios a las transnacionales norteamericanas que operan totalmente fuera de su país y menos a las industrias tradicionales dentro de su país, con la consecuente disminución de creación de empleos.

Para llegar al poder presidencial se apoyó en la realidad económica de las clases medias bajas abiertamente afectadas por la globalización, impulsó el regreso de inversiones, la creación de empleos internos para incentivar el consumo. Con esa realidad y una retórica sin máscaras, sin ocultamientos y, por tanto, muy de confrontación, se formó el trumpismo. El mundo “civilizado” se sintió ofendido por la crudeza de su discurso y lo criticó acremente. No es su forma de hacer política.

Lo que hay que entender es Trump lo hizo no porque fuera un gran hombre, un gran estadista o un ideólogo, sino porque es un capitalista que ve en riesgo sus inversiones dada la crisis del capital y la crisis norteamericana y como buen capitalista busca salidas.

Después de que los estudios de Piketty fueron publicados y entendidos, el mundo capitalista se movilizó buscando alternativas a la aguda concentración del ingreso. Desde luego que la crisis estructural del capital no fue lo más visible, pero sabemos que estuvo en el fondo del análisis. El Foro Económico Mundial dedicó bastante tiempo a discutir el qué hacer. Lo que evidenció esta discusión es había un conflicto intra e inter capitalista de cómo solucionarlo. El Trumpismo y el Brexit surgen en ese contexto. Podríamos sintetizarlo diciendo, proteccionismo frente a libre mercado, distribución del ingreso frente a una alta concentración del mismo en pocas manos. En ese punto apareció la Covid-19 que detuvo la economía mundial y agudizó la recesión económica y los grandes capitales mundiales financieros, tecnológicos y mediáticos se reagruparon para encausar con un político mediano el libre mercado y el liderazgo norteamericano.

Habrá que decir que las crisis periódicas del capitalismo aceleran los cambios en los procesos de acumulación y, al mismo tiempo, en la correlación de fuerzas políticas. Giovanni Arrighi, desde el siglo pasado había advertido que estaba sucediendo un desplazamiento del hegemón hacia Asia, algunos agregarían tiempo después que era más propio hablar de Eurasia. Arrighi analizó y concluyó que China pudo haber sido potencia mundial antes de Inglaterra lo fuera y que la historia, las condiciones mismas de China de un pueblo atrasado, tercermundista y muchas veces sojuzgado, le dan ahora condiciones diferentes para ser potencia mundial, con características diferentes a la de los imperios anteriores. Wolgang Streeck de la escuela de Frankfurt lo llamaría capitalismo no occidental.

El mundo se enfrenta pues a una modificación histórica de la correlación de fuerzas internacionales, que repercuten directamente sobre nuestro vecino del norte y que ponen a China y Rusia en el centro del escenario. El hegemón norteamericano emergió a principios del siglo XX, se consolidó después de la segunda gran guerra y llegó a su cúspide en la época de Clinton al quitar al capital financiero todas las barreras que se había autoimpuesto como imperio. Así se alcanza con toda amplitud lo que hoy conocemos como globalización y, sin quererlo, el paso a un mundo multipolar. Justo al término del gobierno de Clinton y del inicio del de Bush hijo, los análisis reportan el principio de la caída del poder hegemónico norteamericano. Justo en medio del 11 de septiembre de 2001y la caída de las torres gemelas, la National Security Strategy de 2002 y el Eje del Mal. Esta dura política neoconservadora afectó su esquema hegemónico pues incrementó los costos económicos, políticos y sociales. El punto de quiebre fue la crisis financiera de 2008 y 2009. El fin de la historia nunca fue, vivimos en un sistema en transición, que está lejos aún de constituir un tablero de juego claro y estable. Según la revista inglesa The Economist debemos despedirnos de la mayor era de la globalización y preocuparnos por lo que va a ocupar su lugar.

 El motor industrial, como lo previó Arrighi se desplazó de EUA a China. La industria norteamericana crece, pero no crea empleo, las grandes inversiones o una parte de ellas acontece fuera de ese país y las nuevas tecnologías desplazan mano de obra y crean grandes monopolios. Lo más crítico y que reiteradamente han negado, es que durante todo este proceso se está confirmando lo que Marx llamó la Ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, que es en esencia misma la crisis del capital. Aún así, no podemos negar que todavía se mantiene la hegemonía norteamericana y sus aliados europeos. No ha muerto todavía, pero está en crisis. Controla el mundo con el aparato militar, financiero, tecnológico y mediático, pero cada día es más frágil y lo vimos en este noviembre de 2020 cuestionado por una gran parte de propia gente.

Así que las elecciones norteamericanas del 2020, más allá de si se reconoce el triunfo de uno de los candidatos como cortesía diplomática, más allá de que ante la división existente se exhorte a la población comportarse como un pueblo unido y aquí en nuestro país se critique a AMLO por promover la división, más allá de calificativos de fascismo por un lado o de socialismo por el otro lado, de que Trump sea calificado impredecible y Biden de un político tradicional y gris. Más allá de todo ello, las elecciones no enseñan más de los que los renombrados analistas y reconocidos mundialmente medios de comunicación nos dicen.

Biden parece estar obsesionado con la idea de regresar a EUA a la era antes de Trump, como si nada hubiera pasado. La clase política mexicana tradicional y su ejército de intelectuales orgánicos y periodistas pagados, pierden su tiempo al crear un conflicto con el candidato ganador y acusar a Trump de haber polarizado a los norteamericanos, cuando lo que él realmente hizo fue hacer visible es polarización. Así pues, el trumpismo no ha muerto porque el mundo está cambiando y los sorprendió porque no quieren entender o no estan capacitado para comprender ese cambio. Lo menos beneficiados de la globalización nos dicen que también existen y el próximo hegemón euroasiático está de plácemes. Nuestro país continúa en su proyecto para dolor de los conservadores neoliberales mexicanos.

Eduardo Torres Arroyo

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