OPINIÓN. La derecha norteamericana desenmascara su democracia

POR EDUARDO TORRES ARROLLO . MIEMBRO DEL STRM. JUBILADO DE LA ESPECIALIDAD CXTX.

Al grito de ¡la democracia está en peligro! los neoliberales globalistas que gobiernan ahora los EUA y sus aliados en todo el mundo, vieron con asombro lo que ellos mismos ayudaron a construir y que se manifestó el 6 de enero de 2021 frente al capitolio norteamericano. El país que más ha violado las democracias en el mundo se dice ofendido de que hubo un atentado contra ella. No nos debe sorprender que este asombro suceda, dado que esto es una constante en mundo occidental. Ocultan como países dominantes que son, que ellos son los verdaderos violadores de la democracia y que las víctimas son sus propios pueblos. Cuando este pueblo, movilizado o en las urnas, les recuerda que están en desacuerdo con esa realidad, los oligarcas entran en pánico, buscan un sinnúmero de explicaciones y al final se atrincheran, censuran y movilizan grandes ejércitos en su defensa, para al final volver a gritar la democracia ha ganado. Un espectáculo que sólo se ha visto en el sur global, ahora lo vemos en los países desarrollados.

Esta realidad la hemos venido viendo básicamente de noviembre de 2020 a enero de 2021 en la política norteamericana. Gracias a una votación que no esperaban y a una movilización de ultraderechistas en el congreso norteamericano, vimos cómo saltaron las máscaras; por tanto, no podemos quedarnos sólo en considerar que hubo hordas violentas asaltando el congreso manipuladas por Trump, porque hay una gran población norteamericana que está descontenta. Sería un error ver a los QAnonymous (QAnon) como lo únicos descontentos. Cierto, puede ser que sean conspiracionistas o que alimentan la infodemia, pero estamos hablando de un país polarizado donde más 70 millones de votos a favor de un presidente calificado como el engendro del mal. Estamos hablando de un país donde la mayoría no vota porque no cree en los políticos.

Esto se oculta o no se resalta en los grandes medios y se le da importancia sólo a aquello que puede presentarse como espectáculo político para banalizarlo, tal y como lo dijo alguna vez Guy Debord. Los medios juegan un papel importante en ello, escogieron con mucho detenimiento y cuidado imágenes de la toma del congreso para que todo quede en una representación, esto es, trabajaron para no relacionarnos con la realidad misma, sino hacerlo como representación de la misma. Gracias a ello, aparece mágicamente la gran democracia norteamericana y entonces es posible hablar para pedir la unidad y salvar el proyecto neoliberal globalizador, sin considerar las grandes desigualdades que se han acumulado producto del neoliberalismo y que son la causa del descontento.

La oligarquía norteamericana obligada por la estrategia político-mediática de Trump con las que pudo convencer a un número muy amplio de seguidores, no logró evitar que la llamada mejor y más antigua democracia del mundo nos enseñara su verdadero rostro. Equivocaron su análisis al considerar a Tump como el tumor de la democracia, cuando es síntoma de un problema sistémico. Esto ya se veía venir sobretodo después de la crisis de 2008 y el cómo la resolvieron. La globalización neoliberal generó una concentración del ingreso impresionante y, por consecuencia, pobreza, estancamiento económico, impago de las deudas, marginación, exclusión, desigualdad y rechazo de la gente a la política tradicional, por lo cual votaciones como las de noviembre del 2020 y manifestaciones como la del 6 de enero eran de esperarse.

Para los sacerdotes de la democracia sólo hay un culpable llamado Donald Trump, quien manipuló, según ellos, con la ayuda de las redes sociales, a una turba de supremacistas blancos. Teorizan, en ese sentido, de que la combinación de populismo, redes sociales y fake news provoca que el mundo se radicalice cada vez más y, en esa teorización, prefiguran lo que ellos llaman un movimiento fascista. La respuesta más inmediata fue buscar inhabilitar a Trump para el 2024 y cerrarle el acceso a las redes sociales como medida de control de daños y con la ayuda del gran aparato mediático mundial que controlan, emitieron una serie impresionante de adjetivos para calificar negativamente a ese mal que se atrevió, manipulado, entrar al capitolio y sentarse en los lugares sagrados de los sacerdotes de la democracia occidental.

Les asusta el fantasma del fascismo europeo —no el que impusieron en América Latina— y reaccionan sacando el dedo flamígero acusando a una derecha que se moviliza y vota por proyectos antiglobalizadores, porque ya no cree en los políticos, en los partidos, en los sindicatos, en suma, que ya no cree en la democracia y sus instituciones, porque se siente al margen, porque permitieron su exclusión y la pérdida de privilegios, los cuales fueron absorbidos por una minoría mundial, impulsada y sostenida por el imperialismo norteamericano. El 0.01% de la población mundial concentra una parte importante de la riqueza. En pocas palabras se movilizan los excluidos de la globalización, gente real de carne y hueso y eso les aterra.

El que ese grupo de perdedores con la globalización enojado con el sistema democrático haya votado por un proyecto antiglobalizador y una minoría haya tomado por asalto el congreso de EUA, alma democrática del capitalismo occidental, le permitió ver al mundo entero que el capitalismo neoliberal encabezado por EUA está en plena decadencia y, con ello, la hegemonía norteamericana que han ejercido a plenitud después de la segunda gran guerra. Las responsabilidades de Trump no se pueden ocultar, pero tampoco las de los demócratas, demás republicanos, de las grandes empresas globales dominadas por el sector financiero, los medios de comunicación tradicionales y digitales y las plataformas digitales quienes ahora se arrogan el derecho de decidir quién debe hablar y cómo y se asumen como el gran censor.

Los que piensan que la globalización es el único camino de desarrollo capitalista no acaban de entender que esta movilización de las derechas en el mundo responde a esa estrategia. La exclusión que denuncian y que fue puesta en la mesa por Trump, es el elemento que impulsa esa posición. Hay que tener claro que ésta se inicia con el neoliberalismo mismo. La exclusión no es exclusiva de estos grupos de ultraderecha, ya que también se manifiesta en grandes grupos poblacionales de EUA, incluso se habla de “supremacismo blanco multirracial”. Recordemos una máxima neoliberal dicha por Margaret Thatcher y respaldada por Friedrich August von Hayek: “la sociedad no existe, sólo existen hombres y mujeres individuales”. Bajo esas ideas se abandonó a la gente y se polarizó la sociedad durante décadas, por tanto, debemos hablar de polarización más que derechización.

El filósofo Michael J Sandel habla claramente de hay una rebelión contra las élites y que ésta es la que ha llevado a la democracia al borde del abismo. El modelo de globalización neoliberal, asegura, es el que alimenta el resentimiento contra las élites que está en la base del trumpismo y de otros fenómenos populistas recientes. Por tanto, lo que vemos es una respuesta política que ya había prefigurado Ernesto Laclau en La Razón Populista donde se afirma, desde una mirada latinoamericana, que mientras las democracias del mundo se hunden cada vez más en una crisis de representatividad, el populismo se fortifica. Sandel avanza un poco más y nos asegura que los fenómenos actuales se deben a no sólo a lacerantes desigualdades económicas, sino que también hay agravios morales y culturales que afectan la estima social de la gente.

Hay pues aquí, más allá de los adjetivos que se expresaron, una respuesta política a la exclusión, a la desigualdad y a la política que piensa que los ciudadanos comunes y corrientes no tienen la capacidad para gobernar pues se requiere tener competencia para ello. En ese sentido no se prestó atención a lo que sucedía, ni se atendió la frustración de la gente, cosa que si hizo Trump. Hay pues aquí una crisis de legitimidad de la clase política. La legitimidad de las instituciones y de los partidos está sumamente deteriorada por su propia mano. Si vemos la forma en que han reaccionado las estructuras de poder con Biden a la cabeza, nos muestra esa falta de atención en su decisión de no cambiar. Han optado por acrecentar las contradicciones y pugnas al interior de la clase dominante al juzgar nuevamente a Trump y difundir profusamente que ya sin él se está volviendo a la normalidad y que es cosa del pasado. El nuevo gobierno anuncia sólo entrega de dinero como ayuda social, pero no un cambio en las políticas publicas que corten las raíces que alimentan el trumpismo.

Esta crisis interna es una muestra de una crisis más profunda. Estados Unidos y el mundo están viendo que comienza la caída de su hegemonía. No es algo nuevo, pero ahora se ve con mucha mayor claridad que ya no es la locomotora mundial. El empobrecimiento de crecientes masas de norteamericanos o las grandes inmigraciones de mano de obra mexicana y latinoamericana no son la causa de esa crisis. Esta es producto de la globalización, del neoliberalismo y en última instancia de la crisis del capitalismo con de EUA a la cabeza. Así pues, no estamos hablando de sólo na crisis de la democracia como se ha querido hacer ver. Hay una pérdida de la iniciativa en el desarrollo técnico-científico, particularmente en las redes apoyadas en las plataformas digitales 5G.

Paradójicamente el ascenso de potencias competitivas como Rusia, China y otras economías medianas, son producto de la globalización, quienes aprovecharon la necesidad del capital de expandirse, —lo que después se llamó deslocalización por bajos costos salariales y de trabajo— para fortalecer proyectos propios de corte soberanista, nacionalista y progresista. Por tanto, se ha formado un nuevo mundo multipolar y policéntrico. Contradictoriamente, gracias a la libre competencia establecidas por la globalización neoliberal, llevó a los EUA a democratizar las ventajas tecnológicas y productivas a favor de sus contrincantes. En ese ejercicio dejó a China, por ejemplo, posiciones claves en la producción y el comercio. La globalización parió un mundo multipolar en donde habrá posiblemente varios centros hegemónicos que compitan entre si.

Lo que viene ahora es la desglobalización acelerada por la pandemia. El comercio, las inversiones mundiales y el estancamiento económico, rompieron las cadenas de valor, por lo que ahora se priorizan los mercados regionales. América del norte ya hizo el T-Mec y asia-oceanía la Asociación Económica Integral Regional (RECEP). Los EUA ya no podrán imponer su objetivo histórico de ser preponderantes mundialmente, ni contener a los nuevos Estados que surgieron de la globalización. Hay un conflicto interno que también surgió de ésta, que se lo impide. Cierto todavía EUA tiene fortalezas como las grandes empresas tecnológicas, pero en el modelo creado en el Valle del Silicón no está creando los empleos necesarios.

En ese contexto la derecha norteamericana y la ultraderecha están construyendo un proyecto político. Gracias a la polarización que generó la globalización que tenemos ahora a la derecha mundial movilizada. La pregunta más obligada es ¿y la izquierda mundial cuando? La imagen de Bernny Sanders en la toma de protesta del nuevo gobierno de EUA, parece decirnos, aquí estamos los olvidados, los que no coincidimos con la fiesta. Así que más allá de los pagos de asistencia para todos, la izquierda debe reconstruir los lasos sociales el sistema neoliberal destruyó.

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