La cumbre del G20 en Roma: más división que unidad

El 1 de octubre Roma está volviendo a la normalidad después de pasar dos días blindada por la cumbre del G20, con helicópteros en el cielo, francotiradores en los techos y una parte de la ciudad bloqueada por las fuerzas del orden.Desde el punto de vista de seguridad no ocurrió nada serio. Las protestas de un medio centenar de militantes de Climate Camp duraron poco, mientras la marcha de los ecologistas de Fridays For Future y activistas de varias organizaciones de la izquierda radical reunió a unas 5.000 personas, pero fue bastante pacífica.

Neutralidad de carbono: cada uno a su ritmo

Mientras tanto, en el palacio de congresos La Nuvola en el barrio romano de Eur los líderes del G20 trataban de ponerse de acuerdo sobre algunos de los problemas más acuciantes de la humanidad.

No fue fácil, como se deduce, por ejemplo, de las discusiones sobre la neutralidad de carbono. Los países occidentales insistían en que ese reto crucial ha de alcanzarse para 2050.

Sus interlocutores no ponían en duda su importancia, pero dejaban entender que el Occidente llevó más de dos siglos contaminando el medioambiente para llegar al actual nivel de desarrollo y ahora no debería dar lecciones sobre cómo hay que reducir las emisiones.

De hecho, aunque hoy EEUU y los países de la UE son responsables del 22,5% de las emisiones globales, desde mediados del siglo XVIII echaron en la atmósfera unos 697.000 millones de toneladas de dióxido de carbono, lo que corresponde casi a la mitad del total a nivel global.

A su vez, los dos gigantes asiáticos, China y la India, actualmente emiten el 37% del CO2, pero su cuota baja hasta un sexto de las emisiones globales, si se toman en cuenta los últimos 270 años.Al final, la neutralidad de carbono fue fijada «para mediados del siglo». Rusia y China planean alcanzarla en 2060, mientras la India prefiere no ponerse una meta concreta.

Mucho dinero, poca coordinación

Otro aspecto importante es que, para luchar contra el cambio climático, se necesita una financiación sustancial, pero ¿de dónde va a llegar? Según Mario Draghi, el primer ministro de Italia, que actualmente preside el G20, «el dinero no es un problema«: las grandes empresas están listas para destinar billones de dólares en proyectos de transición ecológica.

Además, el G20 confirmó la creación de un fondo con una financiación de 100.000 millones de dólares al año que deberán distribuirse entre los países más pobres y vulnerables para ayudarlos a adaptarse al cambio climático.

Sin embargo, lo que falta es la comprensión de quién y cómo va a administrar y coordinar la transición ecológica. Parece que Occidente se considera como líder natural en este proceso, pero para el resto del mundo esa actitud deja entrever arrogancia, como lo demuestran claramente las declaraciones de Rusia, China y otros miembros del G20.

Prioridades de los países no occidentales

Además, si la futura financiación de los proyectos medioambientales llega en forma de empréstitos, agravará aún más el endeudamiento de los países en vías de desarrollo que aumentó en el 12% durante la pandemia.

Desde esta perspectiva es indicativa la declaración de la portavoz de la delegación argentina a Sputnik: el objetivo principal de su país en la cumbre de Roma, explicó, no consistía tanto en la lucha contra el calentamiento global o la pandemia del coronavirus, como en buscar apoyo internacional en las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI) sobre su deuda.

Una posición que comparten muchos. Antes de hablar de fondos para la transición ecológica, sería más lógico reducir el endeudamiento de los países con ingresos medios y bajos, lo que les permitiría dedicar más recursos tanto al desarrollo económico, como a la lucha contra el cambio climático. Lo expresó de manera muy clara el presidente argentino Alberto Fernández, al postular que «la justicia ambiental requiere justicia financiera global» y proponer «canjear la deuda externa por acción climática».

Las 17 páginas de la declaración final de la cumbre están llenas de buenas intenciones: recuperación de la economía global, distribución equitativa de vacunas, retos en la lucha contra el cambio del clima, restablecimiento de viajes internacionales y muchos otros. Pero aún no está claro cómo el G20 y el resto del mundo lograrán poner en práctica todos estos propósitos.

Para Draghi el mejor instrumento para ello es el multilateralismo. Sin embargo, en los países en vías de desarrollo muchos lo consideran más bien como una nueva herramienta para imponer la primacía de Occidente. Es una señal evidente de que en un mundo multipolar y cada vez más competitivo uno de los bienes más raros es la confianza recíproca, indispensable para hacer frente común ante los desafíos globales.

CON INFORMACIÓN VÍA SPUTNIK

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