“¡No más ciencia precaria!” Investigadoras piden a Conacyt abrir más plazas

“Hay colegas que les da pena porque en su familia los ven como que no pueden conseguir chamba”, dice Minerva Ante Lezama, doctora en Psicología Social por la UNAM con estudios postdoctorales. “A mí mi papá me dijo hace un par de semanas que por qué estaba aquí en la ciudad, sola, que mejor me regresara, que él me mantenía”, dice con un dejo de desesperación y enojo. 

“¡Papá, perder mi autonomía económica después de tantos años es lo peor que me podría pasar! Eso jode mucho. He puesto mucho esfuerzo y corazón en todo lo que he hecho: el doctorado, el posdoctorado, el activismo, mi trabajo como profesora o con colectivos y comunidades, todo para no tener certeza de poder pagar la renta el siguiente mes”. Como ella, hay miles de científicos e investigadores en el país con todos sus títulos atravesados en la garganta porque no pueden encontrar una plaza de investigación.

De esos miles, un grupo de cerca de doscientas investigadoras e investigadores en México, distribuidos por todo el territorio, se organizaron para manifestar su inconformidad ante la falta de oportunidades de trabajo y derechos laborales a través de una carta que entregaron a la Presidencia de la República, al Conacyt y a las dos cámaras del Congreso de la Unión para demandar atención. También la publicaron en la página de Change.org, donde ya tiene más de 15 mil firmas. 

Minerva Ante.

A pesar de que este es un problema casi histórico, las más recientes acciones del Consejo Nacional para la Ciencia y la Tecnología, institución encargada de la política de desarrollo científico en el país, han agravado la situación, acusa este grupo de jóvenes investigadores. Desde 2014, el Conacyt desarrolló un programa que a pesar de haber sido señalado por usos incorrectos y malversaciones, se convirtió en el anhelo y la puerta a la estabilidad laboral para miles de investigadores en el país: Cátedras Conacyt.

El programa, dirigido a personas con estudios de doctorado y posdoctorado, creaba un convenio de investigación con una Universidad que prestaba las instalaciones requeridas para realizar el proyecto de investigación mientras que el pago a los investigadores asignados (alrededor de 36 mil pesos mensuales) corría a cargo del Consejo. 

Sin embargo, ese programa emitió su última convocatoria en 2019 y no se retomó hasta el 2021, cuando la administración actual decidió lanzar una nueva convocatoria para un programa bajo otro nombre: Investigadoras e Investigadores por México. 

Mientras que Cátedras Conacyt aceptaba alrededor de 500 investigadores cada año, el primer corte de resultados de Investigadores e Investigadoras, publicado en noviembre del año pasado, no otorgó más de 30 plazas ante las solicitudes de casi 4 mil investigadores. 

Ninguno de los cientos de científicas y científicos que integran el grupo de la carta esperaba enfrentar una situación como esta hace 10 o 15 años, cuando la mayoría decidió iniciar en el camino de la investigación científica. 

“Mis formadores tenían una estabilidad económica y laboral bastante buena, eran Profesores a Tiempo Completo con condiciones loables y un salario muy digno”, dice Erick Martínez, ingeniero químico con estudios de doctorado, que optó por la alta especialización científica como una buena carrera. “Pero en ese lapso de 15 años México cambió y las oportunidades se redujeron. Jamás pensé que llegaríamos a uno o tres porciento de aceptación de proyectos de investigación”, dice respecto a la taza de resultados del primer corte de Conacyt. 

Erik Martínez

A partir de ese primer corte, el Conacyt ha ido cambiando las fechas de la convocatoria del programa y prorrogando la entrega de resultados que no se ha hecho con mucha transparencia, a tal grado que un grupo de investigadores aplicantes tuvieron que hacer una solicitud de información gubernamental para saber que hasta el momento han sido aceptados 106 proyectos. Sin embargo, la directora del Consejo, María Elena Álvarez-Buylla, aseguró en un mensaje en redes sociales que se habían entregado mil 233 plazas, aunque no se tiene más información al respecto. 

Un cambio radical

Después de un año sin noticias sobre la continuidad del programa de Cátedras (durante los cuales sus beneficiarios denunciaron despidos injustificados y otras arbitrariedades) el Conacyt anunció la convocatoria del programa que le daría continuidad: Investigadoras en Investigadores por México. El llamado fue como una carrera contra el tiempo imposible de resolver. 

“Ahora el investigador proponía el proyecto y al proponerlo debía presentarlo a una Universidad con la que tuviera una cercanía, un vínculo. Porque los papeles que pedían para concursar era ni más ni menos que la carta firmada por el rector o el representante legal de la universidad. Era muy difícil tener en ese tiempo una carta del rector que avalara. ¡En dos semanas!”, cuenta sobre la convocatoria Emma Ortega, lingüista y doctora en humanidades.

Además de la firma, la convocatoria pedía alinear las metas de la investigación con los Programas Nacionales Estratégicos, los Pronaces, 10 temas que engloban problemas urgentes del país a los que la ciencia podría darles solución. 

“Ahí fue cuando yo me empecé a quejar, porque mi proyecto se articulaba con el Observatorio de Igualdad de Género de la Universidad Veracruzana, pero no con los Pronaces. Leí el documento fundacional de la Universidad, entrevisté a la compa que fundó el proyecto. Yo pensé que ya estaba todo muy amarrado con la institución, pero cuando tengo que amarrarlo con los Pronaces no encontré nada que fuera combatir la violencia de género. Donde yo logré incorporar mi propuesta fue en un apartado de seguridad que va enfocado a algo más general, pero muchos veíamos que estos Pronaces eran constrictores”, explica Minerva. 

Fueron muy pocos los que logramos la firma del rector, la de un investigador que avalara el proyecto y el plan de trabajo según los requerimientos. Esos pocos pensaron que ya estaban del otro lado en la convocatoria. Sin embargo, a los meses de haber suscrito a la convocatoria, los resultados dejaron fríos a los aplicantes. En un primer corte, el Conacyt aceptó menos de 30 proyectos y anunció que continuaría la revisión de más proyectos, sin dar una fecha de corte o de aviso futuro. 

En ese momento Minerva puso un mensaje en un grupo de Facebook que se había formado como un centro de ayuda externo a Conacyt para la aplicación al programa. Según cuenta, el mensaje decía algo parecido a esto:

“Compañeros, yo me siento así como fragmentada, como que no sé si seguir esperando que me asigne una cátedra o sigo aplicando a cuanta cosa me encuentro, aunque eso también me desgasta. No sé si aceptar una clase más porque estoy juntando un salario con cachitos de clases, pero qué tal que me sale la Cátedra y tengo que decirles que no”. El comentario, cuenta, tuvo cientos de likes y un chorro de comentarios dejaron a Minerva pensando: “Güey, en todo el país estamos como en un sentimiento de desesperanza, de no me valoran, de no tengo chamba”.

El grupo de Facebook era un quilombo de quejas, chistes, memes, vacantes y ofertas de empleo entre los que un día surgió una publicación fenomenal. Era una propuesta de Angélica Ledesma, economista con un doctorado en Ciencias Sociales que se tradujo en un llamado para salir de las quejas y encaminar las energías a una acción concreta. 

La carta planteó la esperanza de que se hiciera algo con todos los proyectos que sí habían sido aprobados por el Conacyt pero que no habían sido aceptados como parte de algún programa de investigación. “Yo no quiero un pinche salario magnánimo de los que daban, yo lo que quiero es un salario digno y decoroso, un pinche acceso a servicios de salud, porque a los 35 ya cualquier dolor te espanta”, reprocha Minerva. 

“No queremos los 30 mil que ofrece una Cátedra, o un sueldo de investigador a tiempo completo, de esos que solo tiene tres materias. Queremos trabajar. Para los que hacen investigaciones de infraestructura pesada como laboratorios, pues sí necesitan esas condiciones, es lo que piden: déjenos estar en un lugar donde podamos seguir haciendo investigación”, añade Emma. 

“Queremos que Conacyt nos explique cómo es que si no han acabado de evaluar ya hay tres cortes de resultados. ¿Y qué va a pasar con todos los que fueron evaluados satisfactoriamente pero no han sido aceptados? ¿Qué solidaridad se puede mostrar a las científicas y científicos que estamos en el desempleo?”. 

Según el Conacyt el apoyo a mexicanos con estudios de doctorado se ha traducido en la entrega de 5 mil163 becas para estancias posdoctorales desde 2019 a la fecha; sin embargo, como explica Minerva, una estancia de estas no es un empleo fijo: 

“El posdoc es una curita frente al desempleo y sí está bien chida la paga, está bien chida la beca, pero es como decir que pasas de la precarización a que te paguen súper bien un año o dos y luego otra vez a la precarización porque no hay plazas, a ser de ese 75 por ciento del profesorado en las universidades mexicanas que enseñamos por menos de 100 pesos la hora. Con todas estas condiciones de precariedad general, sí es una ilusión y la Cátedra es un poco algo así, pero de mayor duración».

Emma Ortega.

La encuesta del desazón

Para concretar la carta que entregaron este miércoles 15 de junio, este grupo tuvo no solo que aprender a coordinarse, sino también a hacer frente a la frustración y el enojo que los ahoga. 

“Notamos que en el chat, en el Facebook y en las reuniones virtuales había una necesidad muy muy grande de desahogo, de contar casos particulares de cómo han sufrido violencia en los centros laborales, académicos y de cómo han estado enfermando”, cuenta Emma.

Así, para hacer un espacio en el que se pudieran desahogar estos sentimientos, las investigadoras abrieron un formulario en Google, cuyos resultados esperan puedan dar lugar a un foro en donde puedan encontrar líneas más puntuales sobre el desarrollo de violencia y acoso académico que según sospechan, son generalizados en el país.

Los resultados de la encuesta arrojaron respuestas como éstas: “Me siento fracasada… soy muy buena pero no me dan oportunidad… me considero creativa… soy muy insegura… estoy en un súper momento pero sumida en una situación de sobrevivencia… me cuesta participar cada vez más en las convocatorias por tanto rechazo… No soy lo suficientemente buena…”.

“En esta comisión quisimos unificar fuerzas pero hacer un diagnóstico sobre las situaciones que vivimos que van desde experiencias de injusticia, que están tremendas, o situaciones como que no hay plazas, que nos despiden injustificadamente, que no nos renuevan los contratos, hay acoso, trabajo no remunerado, discriminación por edad, por sexo, y hasta por embarazos”, explica Emma.

Un nuevo horizonte contra la violencia en la ciencia

“La chinga y la chamba la hemos hecho las morras: Escribir los documentos, redactar las cosas, revisar, corregir, estar a las 12 de la noche, hacer el change-punto-org, la encuesta esta. Eso es muy fuerte”, cuenta Minerva como antesala a un problema mayor. “Tiene sentido. Hace un año unas compas hicieron un análisis de la proporción de hombres y mujeres en candidaturas y los tres niveles del Sistema Nacional de Investigadores. En las candidaturas había mitad hombres y mujeres, en el nivel uno se empezaba a cargar a los hombres y en el tercero eran puros hombres. Por eso era esperable que quienes estemos más presentes, más representadas, seamos las mujeres”.

MInerva.

El comentario de Minerva sale a colación después de varios ejemplos del anecdotario de historias del horror de científicos precarizados en México, una colección de la recién creada tradición oral de estas investigadoras. 

“Los procesos de injusticia y violencia académica son históricos y por mucho tiempo hemos hablado en susurros de ellos, muchos que hemos hecho doctorados y posdoctorados nos hemos encontrado con esta desigualdad histórica y yo diría que hasta patriarcal”. Por eso, tanto ella como Emma creen que este grupo puede ser el germen para una nueva manera de crear conocimientos científicos. 

“Como investigadores no estamos unidos”, añade Emma. “En cambio en los laboratorios, en la carrera de investigación se fomenta un espíritu de unión casi endogámica para forzar la producción y asistir a congresos, como una forma de entrenar desde la competencia, desde lo individual y de fomentar los egos, los grupos y las lealtades: La competencia como un valor”. 

“Mucha banda tiene esa formación más hegemónica y este proceso ha sido pedagógico en ese sentido. Cuando estábamos en la segunda asamblea y estábamos viendo lo de la carta, Emma dijo yo pongo mi depa para que le caiga alguien. Dije yo también y un compa de San Luis dijo yo voy, alguien más: yo pongo varo para la vaquita, alguien se ofreció para ser tesorero. Esas son pedagogías que muchos no iban a conocer sin esta emergencia”. 

Ese mismo espíritu las llevó a imaginar maneras de producir conocimiento científico, de existir como investigadoras fuera o en colaboración con el Estado, pero no con a través de convocatorias turbias como esta.

CON INFORMACIÓN VÍA PIE DE PÁGINA

Mexico encabeza niveles de violencia laboral en la industria del entretenimiento

En los últimos años más personas han denunciado abusos en la industria audiovisual ante una mayoría que los encubre, justifica o evade. Movimientos como #MeToo o #TimesUp lograron que muchas le pusieran nombre a lo que les ocurría: acosohostigamientoviolación. Pero falta afincarlo más el ámbito laboral, pues las evidencias señalan que es un asunto sistémico y no entre particulares, como muchas instancias responsables han señalado.

Si no fuera así, el 90% de las trabajadoras y los trabajadoresdel cine, televisión y artes escénicas en América Latina no reconocería que ha sido víctima de una o más situaciones de acoso y violencia laboral. O que alrededor del 30% ha sentido miedo o “mala predisposición” para ir al ensayo, la grabación o la presentación debido a las agresiones que está sufriendo.

Esto señala un reporte de la Federación Internacional de Actores (FIA-LA). La investigación se basó en una encuesta realizada en 16 países de la región, entre ellos, México. En la elaboración del estudio participó también el área de Medios de Comunicación, Entretenimiento y Artes de la UNI Global Union, un sindicato con más 20 millones de personas afiliadas del sector servicios en 150 países.

El informe Análisis de la Encuesta regional sobre violencia y acoso en los espacios de trabajo en la industria audiovisual y de las artes escénicas en Latinoamérica indica que el objetivo del estudio fue “arrojar algo de luz sobre esta situación”, pues hay pocos datos al respecto. De esa manera, buscaron “identificar la existencia de comportamientos inaceptables y tóxicos en los lugares de trabajo del sector a nivel regional”.

Los datos hallados “son realmente alarmantes”, destaca. Las violencias que mencionan las y los trabajadores “van desde el maltrato y el micromachismo hasta el acoso sexual, la intimidación y la discriminación en materia de prestaciones laborales. Además, 4 de cada 10 personas creen haber sufrido acoso sexual en el trabajo”.

Pero es México el que “reporta una cifra bastante impactante”, pues 54% de las personas encuestadas dijeron haber sido acosadas sexualmente en su espacio laboral, es decir 1 de cada 2.

Además de las víctimas, el estudio habla de quienes han atestiguado algún tipo de violencia contra alguien más, sobre las denuncias y el impacto en sus trayectorias laborales.

La realidad para mujeres y disidencias sexuales

De 2015 a 2021, la economía creativa en América Latina pasó de aportar del 2.2 al 3% del Producto Interno Bruto (PIB), señala el documento. La inversión en el sector es pública y privada, por ello ambos entes deben responsabilizarse de lo que les ocurra a las trabajadoras y trabajadores en el espacio laboral.

La mayoría de las personas que participaron en la encuesta laboran en el cine (53%), el teatro (39%) y la televisión (37%). El resto trabaja en la publicidad de estos sectores, en radio, danza, circo y títeres.

Las situaciones consultadas fueron:

  • Maltrato en el entorno de trabajo
  • Gritos
  • Hostigamiento o mobbing
  • Discriminación respecto de beneficios de trabajo
  • Ser ignorada/o o subestimada/o
  • Acoso sexual
  • Micromachismo
  • Sensación de vulneración

De acuerdo con los resultados, el 46% ha pasado maltrato. También a cuatro de cada 10 les han gritado, al 42% le han hostigado. “Y un preocupante 57% se ha sentido ignorad@ (sic) o subestimad@ (sic) por alguna jefatura o alguien de su equipo”, principalmente las personas más jóvenes, entre 18 y 29 años de edad.

El testimonio de una mujer señala: “Todos mis subordinados son hombres y no les gusta que los mande. Cuestionan mis órdenes, si un hombre da la misma orden la cumplen”.

En todo tipo de violencia, incluida la sexual, las personas que pertenecen a la población LGBTQI+ son las más afectadas. El 95% de las disidencias sexuales han vivido alguna de esas situaciones en su trabajo, el 87% de las mujeres y el 70% de los hombres.

Chile es donde más personas mencionaron algún episodio de violencia, el 87% lo pudo reconocer. En segundo lugar está México, con el 86% y el tercer sitio lo comparten Uruguay y Perú con 85 por ciento. Por sectores, quienes se desarrollan en la danza, el circo y los títeres han sufrido más incidentes.

El reporte indica que el 74% de los hombres han sido testigos de una agresión, mientras que el 86% de las mujeres lo mencionan y 89% de las disidencias sexuales. Las poblaciones más oprimidas suelen estar más informadas y sensibilizadas acerca de las agresiones.

Freno a sus carreras

El acoso o la violencia en el trabajo impactan en la salud física y mental de las víctimas, por lo que sus trayectorias laborales “se pueden ver trastocadas, perjudicadas o limitadas”.

De nuevo, la población LGBTQI+ y las mujeres son las más afectadas, el miedo o el deseo de no asistir al trabajo lo sienten el 86% y 62% respectivamente. Pese a ello, seguramente se presentan, pero esos sentimientos pueden repercutir en su desempeño.

En México, 57% de las personas encuestadas indicó que el desarrollo de su carrera se vio limitado por vivir agresiones. Es el segundo país donde más ocurrió, después de Perú (63%) y por encima de Uruguay (42%).

El reporte también indica que las mujeres son quienes más han visto limitada su trayectoria laboral por maternidad, con un 37% de afirmaciones, versus el 19% de los hombres respecto de la paternidad.

En todos los países hay más certeza de que si denuncian, sufrirán una represalia. En México el 77% cree que tendrán una consecuencia negativa y sólo el 23% confía en que la empresa o la persona empleadora hará algo para ayudarle.

En el informe, la UNI Global Union y la Federación Internacional de Actores incluyen varias recomendaciones para cambiar este panorama. En primer lugar, capacitación a sindicatos, profesionales de la industria y también a estudiantes sobre derechos humanos, derechos laborales, violencia de género, legislación vigente y procedimientos de denuncia.

Pero no basta con la información, es necesario crear instancias de formación, apoyo, mediación y acompañamiento a víctimas y a quienes presencian estas situaciones. La protección de los derechos de testigos y acusados/as también debe estar garantizada.

Además, a las personas empleadoras “se les debe exigir formarse y formar en torno a mediación, contención y derechos” para evitar toda posible discriminación. Promover una regulación del acoso y la violencia a nivel regional y fortalecer el trabajo colaborativo con sindicatos, entre otras.

CON INFORMACIÓN VÍA EL ECONOMISTA